domingo, 9 de julio de 2017

Introducción y Capítulo I de mi Tesis de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) "Crisis, reconstitución del sujeto y ficcionalidad en el teatro Comunitario y las performances del tango (2001-2014)"

Introducción

La crisis social y política que sacudió al país en el año 2001 puso de manifiesto la emergencia de distintas formas colectivas de enfrentar un contexto adverso. Surgieron en ese entonces alrededor de doscientas asambleas barriales en la Ciudad de Buenos Aires y en otros sitios del Conurbano y del interior del país, conformadas por vecinos de cada barrio; fueron recuperadas por sus trabajadores decenas de fábricas que habían quebrado; se profundizaron los movimientos de trabajadores desocupados por la crisis económica y se desarrollaron redes de trueque que llegaron a incorporar a cientos de miles de ciudadanos en sus intercambios económicos y simbólicos. Estas organizaciones se constituyeron en un medio de reclamo y demandas sociales y políticas, pero también en un ámbito donde desarrollar propuestas autogestivas de carácter social, cultural y productivo. Paralelamente al surgimiento y consolidación de estos movimientos y organizaciones sociales se potenciaron movimientos culturales que hicieron frente a la crisis combinando las dimensiones sociales y políticas, ya presentes en los movimientos urbanos, de una manera novedosa que incorporaba la dimensión estética.  En particular los grupos de teatro comunitario y otras expresiones performáticas,  que mediante una dramaturgia colectiva expresaron poéticamente distintos caminos para solucionar la crisis social, pero fundamentalmente para proporcionar a la sociedad nuevos horizontes de sentido.  Los ciudadanos, además de verse excluidos de los mercados laborales debido a la aplicación de las políticas económicas neoliberales durante las últimas décadas, se encontraron excluidos (quizá lo más importante) de la consideración social.
En esta tesis la visibilización de los excluidos y despojados de los vínculos laborales y sociales aparece como un aspecto básico para el análisis de la poética colectiva y/o grupal  propuesta por los grupos artísticos que son objeto de estudio. En el período signado por la crisis surgieron alrededor de cuarenta grupos de teatro comunitario, que se sumaron a aquellos otros que en número menor a la decena ya existían en el país, y que actualmente conforman (cuando los otros movimientos sociales han declinado ostensiblemente) una extendida red nacional que inspiró también la formación de grupos similares en el extranjero. Estos grupos no solamente se convirtieron en un medio artístico de agregación de voluntades, sino también en una propuesta estética novedosa frente a la crisis de sentido que había experimentado el teatro argentino como expresión (indirecta) de la crisis sociocultural desde fines de la década de los ochenta. Junto a esta estética colectiva se desarrollaron expresiones performáticas y artísticas de raigambre popular, como las performances del tango basadas en el baile, que desarrollaron formas de intervención teatrales y sociabilidades enfrentadas a los circuitos comerciales remanentes, en algunos casos con propuestas críticas.
Esta tesis aborda algunas obras representativas de los grupos de teatro comunitario, de las performances y espectáculos vinculados al tango y de otras manifestaciones artísticas que promovieron, durante el período posterior a la crisis, la reinscripción de sujetos que habían sido despojados de lo más básico de la sociedad, los vínculos sociales. Esta reinscripción de los sujetos se basó (y aún se basa) en una apelación y reelaboración de recursos y lenguajes artísticos tradicionales que prometía superar la crisis de sentido de la dramaturgia, signada durante las décadas anteriores por la apelación a un realismo vanguardista o a las estéticas posmodernas que acompañaron el desarrollo del capitalismo tardío. Las poéticas nuevas que se desarrollan en los grupos de teatro son indisociables de los recursos y medios (escasos desde el punto de vista material) con los que cuentan, pero a la vez pueden apelar a una fuente individual y colectiva de artistas, generalmente vecinos del barrio sin una formación profesional, cuyos recursos expresivos coordinados constituyen una nueva manera de hacer teatro. Con los medios disponibles a su alcance pudo desarrollarse, como plantea Rosemberg (2009), una “estética cartonera” que, además de una reinscripción particular de los sujetos en la sociedad (que puede considerarse modelo para otro tipo de reinscripciones o inclusiones mediante una resocialización estética), aporta a la construcción de una poética que utiliza nuevos recursos críticos para la intervención social en un contexto simbólico englobador  que dificulta el distanciamiento crítico.
Con el fin de analizar las obras de teatro comunitario seleccionadas, se desarrollan en el primer capítulo nociones de la teoría social y cultural que permiten comprender la situación de los grupos teatrales y artísticos analizados en el contexto cultural global del posmodernismo y los dilemas que éste plantea al desarrollo de una dramaturgia nacional “crítica”. Esta última, encarnada en los grupos de teatro comunitario, si bien parte de una reelaboración del realismo, se aleja de toda concepción teatral vanguardista y externa al referente social. Crea al mismo tiempo un mundo ficcional que si bien comparte algunos procedimientos artísticos del posmodernismo (en particular la participación del público en algunas obras o la combinación de recursos expresivos) evita su inmersión total en el medio social ya que dificulta el distanciamiento crítico. Las nociones de las teorías de la performance desarrolladas en este capítulo, junto con las nociones del teatro social, permiten una aproximación a otros medios de crítica y desidentificación social que aparecen en estas y otras obras analizadas del período histórico. En el segundo capítulo se aborda, en base a las consideraciones anteriores y al estudio de la crisis social, el análisis de las obras de teatro comunitario más representativas de los períodos críticos anterior y posterior inmediatos al clímax del año 2001. Dichas obras son analizadas de acuerdo a un determinado prisma, como medios de reconstitución-inscripción subjetiva y corporal a un orden social y político de dominación que aún mostraba los síntomas de la crisis, considerando también sus resistencias a ese orden y sus propuestas de cambio de las relaciones sociales e institucionales. En el tercer capítulo se analiza para el mismo período el desarrollo de otras poéticas de la crisis social, en particular algunas performances y rituales como el baile de tango. Si bien éstas apelaron a la “restauración” de un pasado, lo hicieron como otra forma de reinscripcion subjetiva y corporal de sus practicantes, mediante el despliegue de estéticas (básicamente juveniles) ajenas a los circuitos remanentes del tango que pueden identificarse en el desarrollo del teatro comercial y de revistas posterior a la crisis social. En este caso es evidente la existencia de una tradición cultural del folklore urbano, como es el tango, que pudo ser reelaborada por sus nuevos practicantes, convirtiéndolo en un medio de participación grupal y aún de crítica social. En estas expresiones del tango tiene lugar un “ideal romántico” configurador de sus prácticas y discursos. Otras manifestaciones artísticas de ese período vinculadas al tango, como la aparición de grupos literarios, peñas de cantores y expresiones cinematográficas, convergen también simbólicamente (y mediantes sus específicos lenguajes) con la necesidad de reinscribir a los sujetos “dañados” en un orden social, de restaurar (o bien recuperar) vínculos sociales que se han roto. Estas expresiones dan cuenta de una continuidad en el plano estético con las motivaciones más profundas que animaron el surgimiento y desarrollo de los movimientos sociales finiseculares en la Argentina. En el capítulo cuatro se analizan obras más recientes del teatro comunitario y de performances que dan cuenta de algunas de las transformaciones sociales, espaciales y culturales operadas en el país desde la crisis social hasta la actualidad. En el siguiente capítulo se abordan algunas contribuciones originales, ya no en el plano estético, sino como formas de Intervención Acción Participativas (IAP) que se plantearon durante el período de la crisis y fueron llevadas adelante tanto por el teatro comunitario, en particular por el grupo Los Calandracas del Circuito Cultural Barracas, como por otros no pertenecientes al circuito. Esas contribuciones incorporaron recursos y técnicas dramatúrgicas de intervención social de una manera original, que configuró un aporte e incluso una superación de las dramaturgias realistas de intervención social previas, como el Teatro Épico y el Teatro del Oprimido. En el último capítulo se analizan los alcances de técnicas de intervención basadas en el psicoanálisis como la Tango-Terapia o en el psico-sociodrama, otras derivaciones de la reconstitución del sujeto en la etapa posterior a la crisis y de la modificación de las relaciones entre los géneros. Por último, en las conclusiones se repasan los aportes estéticos y sociales del teatro comunitario y de las performances que retomaron los retazos de los grupos artísticos callejeros, de los movimientos sociales urbanos y de las tradiciones estéticas locales  en el camino de la construcción de una poética crítica original y superadora en la dramaturgia nacional.


Capítulo I. Abordajes teóricos y metodológicos para el análisis del Teatro Comunitario y las Performances

1.1  Metodología

Para el análisis de las obras pertenecientes al teatro comunitario se ha seleccionado un corpus compuesto por obras representativas de cada período considerado. Se han seleccionado para su análisis preferentemente, aunque no de manera exclusiva, obras de teatro comunitario y performances que poseen una temática vinculada al tango. Ello se debe a que el tango provee una base para la “restauración de conductas”  (Schechner, 2011) y su reelaboración en un nuevo contexto. También ofrece una base comparativa entre distintos contextos históricos y espaciales para el análisis de las creencias sociales y su vinculación con los contextos comunitarios, sociales y políticos. Se analizan las obras surgidas en el contexto posterior a la dictadura militar (1983) y particularmente las comprendidas desde la crisis social y política acaecida en el año 2001 hasta el año 2014, sus relaciones y discontinuidades. El estudio de los cambios al interior del género dramático  se realiza tratando de explicar sus transformaciones en relación a la historia externa, con el referente social de las obras y performances abordadas, y por lo tanto en relación al contexto. Se toman en cuenta para este fin los estudios de performance que a partir de Turner (1982; 1988) y Schechner (1987; 2000; 2011) permiten un abordaje de los dramas sociales,  considerando que los mismos presentan cuatro etapas (ruptura, crisis, conciliación y resolución o aceptación de la no resolución) y abren la posibilidad de restaurar y/o modificar conductas en relación a sus contextos de surgimiento.
Con el fin de analizar las manifestaciones escénicas seleccionadas se emplea el método cualitativo basado en la recolección de datos mediante la transcripción de los repertorios, realizada durante ensayos y puestas en escena, la observación y los testimonios de informantes clave y del público asistente, con el fin de analizar los contenidos y (de manera indisociable con ellos) sus efectos sobre el contexto. El análisis de los contenidos se realiza mediante la lectura e interpretación de guiones y obras seleccionadas como así también mediante la utilización de fuentes documentales y bibliográficas existentes sobre el corpus seleccionado. En algunos casos se complementa la información mediante el testimonio de los directores de las obras.   Para analizar algunas performances se emplean el método biográfico y las historias de vida con el fin de dar cuenta de la inmersión de los protagonistas en las obras y sus efectos sobre los mismos. Estos casos fueron abordados mediante una combinación de métodos etnográficos (entrevistas y observación) e interpretativos (perspectiva del actor y evaluación subjetivo-narrativa de sucesos vitales) para la realización de historias de vida (Sautu, 2004).  También se apela como fuente de datos al testimonio de informantes clave, a la descripción etnográfica de los escenarios en que se desarrollaron las obras y al análisis de documentos visuales y escritos (particularmente en lo referente a las obras del repertorio y a las intervenciones que no tuvieron reposición o que no cuentan con guiones), asumiendo con Taylor (2011) que la memoria corporal no puede registrarse por medio de ellos aunque los mismos registros visuales pueden ser utilizados en una performance. Otra fuente complementaria de datos está conformada por las críticas y análisis periodísticos realizados sobre el repertorio. En algunos casos analizados (peñas de tango) se ha apelado a la observación participante como metodología de investigación y a la utilización del ensayo social como medio de trasmisión del conocimiento acumulado por la experiencia y observación del investigador en el campo. Las dimensiones principales que son empleadas en los casos seleccionados son las de restauración (Schechner, 2011; Taylor, 2011); prefiguración (Ricoeur, 2007 y 2008;  White, 2010 y 2011, Adorno, 1984) y de identificación-desidentificación (Jameson, 2013; Eagleton, 2013;  Brecht, 1948; Huyssens, 2006; Barthes, 1977, 2008 y 2009; Muñoz, 2011). Asimismo, las subdimensiones consideradas son: las biografías como hechos histórico-sociales,  las relaciones de género, grupo y clase social, relaciones familiares y afectivas, imaginarios y construcciones sociales, relaciones territoriales y relaciones políticas. La restauración de conductas por medio de las performances (Schechner et al., 2011) toma en cuenta hitos temporales considerados significativos para el análisis de sucesos históricos y biográficos. Se considerará el renacimiento del tango que tuvo lugar luego de la dictadura militar (1976-1983)  en Argentina como base comparativa para enriquecer la comprensión de las performances del tango luego de la crisis social y política del año 2001.
En las primeras secciones se contextualiza el lugar de la estética en el marco del capitalismo tardío, junto al desarrollo del teatro en el contexto local-nacional,  con el fin de realizar un análisis de las dimensiones consideradas sobre un conjunto de expresiones artísticas que se manifestaron luego de la crisis:  los grupos de teatro comunitario “Teatral de Barracas”,  “Los Villurqueros” de Villa Urquiza, “Res o No Res” de Mataderos, “Almamate” de Flores y “Matemurga” de Villa Crespo; los grupos performáticos urbanos “Impacto Teatral” y “Tango Protesta”, algunas obras dramatúrgicas de grupos literarios como “Marea”,  los casos de los “Taxi-Dancers”, “Tango Queer”, “Tango Terapia”,  peñas de tango y el análisis de algunos films vinculados al tango estrenados durante la última década para esbozar finalmente propuestas de intervención socio-dramáticas basadas en  antecedentes de su diseño para políticas públicas y en las experiencias analizadas.  

1.2 La espacialidad en el contexto posmoderno

La espacialidad experimentó durante las últimas décadas una serie de profundas transformaciones que David Harvey analiza en el marco de las modificaciones socioculturales y políticas del capitalismo actual. La “condición posmoderna” y su lógica cultural inherente (Jameson, 1994, 2013; Harvey, 2004, 2010; Comaroff J.L y Comaroff J, 2009; Mc Kenzie, 2011) tiene consecuencias sobre las formas y sentidos que adquieren las escenificaciones comunitarias y las intervenciones performativas en el espacio urbano poscolonial. Esta sección estará encaminada a desarrollar la lógica cultural posmoderna y su relación con el despliegue de nuevas concepciones estéticas y colectivas vinculadas al teatro.
      Según Jameson el posmodernismo es la lógica cultural predominante del capitalismo tardío y posee como características relevantes el predominio de la espacialidad sobre la temporalidad y la fragmentación de los significantes en un presente que aparece sin solución de continuidad (Jameson, 1994). Estas características influyen sobre la subjetividad, en particular sobre el “descentramiento del sujeto”, y limitan el ensayo de las críticas estéticas basadas en el distanciamiento, a diferencia de lo que sucedía en el modernismo tardío donde tenían como marco de posibilidad la existencia de una exterioridad constitutiva (espacial y social) al capitalismo. Las alternativas político-culturales que prevalecieron hasta el advenimiento y predominio de la lógica cultural posmoderna se enfrentan a nuevas condiciones culturales –como la subordinación de la temporalidad a la espacialidad–  planteando nuevos desafíos a las estéticas críticas  Estas características de la lógica cultural posmoderna  son relevantes a los fines de comprender el status de las escenificaciones que son el objeto de estudio de la tesis. Jameson aclara que la hegemonía cultural posmoderna no significa sugerir una homogeneidad cultural masificada e uniforme del campo social, sino más bien su coexistencia con otras fuerzas resistentes y heterogéneas que la lógica cultural posmoderna tiende a dominar e incorporar (Jameson, 1994: 176). También Renato Ortiz señalaba desde otra perspectiva que el poder surge como algo interno al orden de la mundialización y que los consumos culturales globales se basan en procesos de desterritorialización que poseen una base local. La emergencia de una cultura global (dominada por el idioma inglés articulado con los dialectos e idiomas nacionales) demanda por lo tanto el desarrollo de una “hegemonía internacional popular” por parte de las clases subalternas  (Ortiz, 1994). . En el contexto posmoderno  la “distancia crítica” de las políticas culturales de izquierda aparece como anacrónica debido a la colonización capitalista de todos los espacios, ya se trate de los espacios precapitalistas, de la naturaleza o del inconsciente. Andreas Huyssen en su análisis del  posmodernismo y la cultura de masas revaloriza la identificación, en particular con las víctimas, en el nuevo contexto histórico social cuestionando los alcances críticos actuales de las estrategias de distanciamiento estético  (Huyssen, 2006)
Como se verá más delante, también se desprende de los análisis de David Harvey sobre la lógica cultural posmoderna en una etapa posterior de su desarrollo (que vinculan el predominio de la espacialidad a la regulación de los procesos de acumulación del capital a escala global) un cuestionamiento a las  formas estéticas críticas que caracterizaron a la modernidad.
La espacialidad urbana que se despliega con la posmodernidad a partir de los nuevos desarrollos de la arquitectura (que  ejemplifica el lugar de la estética en los procesos de reproducción del capital) y el planeamiento urbano constituyen una mutación del espacio construido (Jameson, 1994: 64). La alteración del pasado como retromanía en los espectáculos sustituye a la verdadera historicidad, como un simulacro en el que se diluye el influjo de la historia (Reynolds, 2012). Sobre este paisaje espacial, la historicidad es reconstruida como un simulacro que detiene el influjo de la historia y cuyas reglas procedimentales se hallan presentes tanto en la espacialidad urbana como en la del espectáculo (en particular con el predominio del video clip a partir de los años ochenta, y de la Internet a partir de los noventa). Su significación para las escenificaciones teatrales es analizada en las performances abordadas como objeto de estudio de la tesis, en particular en aquéllas en las que se interrelacionan la producción de simulacros con la “exotización” o las construcciones de otredad en contextos poscoloniales. Una mutación del objeto que no fue acompañada de una mutación del sujeto, ya que de acuerdo con Jameson el “hiperespacio” resultante de las mutaciones espaciales del capitalismo tardío requiere de un desarrollo de cualidades sensoriales y perceptivas que no se habían desarrollado hasta ese momento. Tomando en cuenta la mutación de la función social de la cultura en el capitalismo tardío, el análisis de Jameson recae sobre la permanencia del carácter “semiautónomo” de la cultura con respecto a la esfera económica que había sido su condición de posibilidad durante la modernidad tardía. La pérdida de autonomía de la cultura no significa su desaparición; por el contrario, debe ser pensada como una difusión de la esfera cultural por todo el espacio social (Jameson, 1994: 74). Esta “explosión” de lo cultural en lo social, ya se trate del espacio económico, del poder estatal o de la psique, es consistente con una sociedad de la imagen o del simulacro y con la transformación de lo “real” en una serie de pseudo-eventos. Por más diferentes que fueran entre sí las políticas culturales de la izquierda, (ya se tratara de la negatividad, la oposición y subversión, la crítica y la reflexividad) compartían el supuesto venerable de la “distancia crítica” con respecto a la cultura. Pero fue justamente la distancia en general, y en particular la estética, la que fue abolida en la lógica cultural posmoderna. Nuestros propios cuerpos están inmersos y desprovistos de coordenadas mas allá de la expansión del capital multinacional que acabó penetrando los espacios que ofrecían una base extraterritorial para la crítica. Este nuevo espacio global y original no es meramente una ideología cultural o una fantasía, sino una realidad genuinamente histórica y socioeconómica  multinacional. El “momento de verdad” de la tercera gran expansión original del capitalismo a partir de las expansiones anteriores de los mercados nacionales y del imperialismo que tenían sus propias especificidades culturales y generaban nuevos tipos de espacialidad apropiadas a sus dinámicas (Jameson, 1994). Jameson propuso a partir de sus análisis un modelo cultural que pusiera en evidencia las dimensiones cognitivas y pedagógicas del arte y sus relaciones con la cultura política. Este modelo tiene sus raíces fundamentales en las teorías de Bertold Brecht y Giorgy Lúkacs para los momentos del modernismo y del realismo respectivamente.  Adecuando esas perspectivas como un modelo de cultura política apropiado al capitalismo tardío, y por lo tanto considerando el espacio como la cuestión organizativa fundamental del mismo, denomina a este modelo “mapeamiento cognitivo”.
Una estética del mapeamiento cognitivo  busca dotar al sujeto individual de un sentido más aguzado de su lugar en el sistema global mediante una política cultural y pedagógica. Ella debe basarse sobre formas radicalmente nuevas de concebir la representación, a sabiendas de que el mundo social y espacial circundante es irrepresentable en su totalidad pero no incognoscible; como una manera de salvar la brecha entre las experiencias individuales de la vida cotidiana y el conocimiento abstracto, recolocando el análisis de la representación en un nivel más alto y complejo. El “mapeamiento” en el nuevo contexto espacial posmoderno consiste en nuevas formas de abordaje de la representación de la (nueva) realidad para no distraer ni  desviar de esa realidad o recaer en otra forma de mistificación. Tomando como modelo la obra del arquitecto Kevin Lynch, en particular The Image of the City, Jameson sugiere procedimientos de desalienación urbana que permitan a los sujetos una reconquista práctica de su reubicación espacial y que puedan ser retenidos en la memoria para poder mapear o re mapear en cada momento trayectorias variables y opcionales (Jameson, 1994: 77). Los problemas empíricos que planteaba Lynch a  partir de la imposibilidad de las personas de mapear en sus mentes su propia posición en redes urbanas, como en la ciudad de Jersey, converge con la redefinición althusseriana y lacaniana de ideología como representación imaginaria de los sujetos con sus condiciones reales de existencia. El mapeamiento cognitivo debe permitir a los sujetos una representación situacional más estrecha en relación a estructuras más vastas e irrepresentables como son las estructuras sociales en su totalidad. En los trabajos de Lynch, las cartografías constituyen un trabajo clave para esa mediación aunque los sujetos de sus análisis siguen más bien trayectorias espaciales difusas, semejantes a operaciones pre-cartográficas, como itinerarios o cartas de navegación. Las analogías de Lynch permiten a Jameson pensar el mapeamiento cognitivo trascendiendo las posiciones empíricas del sujeto y en relación a los hitos espaciales urbanos para incorporar instancias referenciales abstractas de totalidad geográfica ejemplificadas en la evolución de los instrumentos de navegación (Jameson, 1994: 77). La concepción althusseriana de ideología permite repensar estos problemas geográficos y cartográficos en términos de espacio  social, como formas de diseños cognitivos por medio de los cuales los sujetos transcodifican sus relaciones sociales individuales con sus realidades de clase locales, nacionales e internacionales. La nueva dialéctica representacional que Jameson proponía para abordar la complejidad dinámica de los lenguajes en la posmodernidad, caracterizados en términos generales por el predominio mediático e icónico pero carentes de una jerarquía representacional definida, deberá ser capaz de “comenzar nuevamente a entender nuestro posicionamiento como sujetos individuales y colectivos y recuperar nuestra capacidad de decir y luchar que esta hoy neutralizada por nuestra confusión espacial y social” (ibid: 79).
Una aproximación fundamental que tiene como base esa línea representacional renovadora es el análisis de David Harvey sobre la compresión espacio-temporal que genera el capitalismo actual en relación a los límites que encuentra la acumulación de capitales a nivel global y el modo específico en que las estéticas y políticas se insertan en la misma. La especificidad  que dichas lógicas adoptan en el contexto poscolonial de inserción en el capitalismo global se hallan en relación a las respuestas performáticas posibles como procesos políticos de construcción identitaria.


1.3 La compresión espacio-temporal y su incidencia en los procesos culturales

En La condición de la posmodernidad David Harvey continúa con la perspectiva de Jameson que concibe a la transformación  posmoderna como una crisis de nuestra experiencia del espacio y del tiempo. Según dicha perspectiva las categorías espaciales pasan a dominar a las temporales mientras que ellas mismas resultan transformadas y generan dificultades para los hábitos de la percepción (formados en el alto modernismo) en la nueva realidad hiper espacializada. Harvey ofrece una explicación que intenta dar “cuenta del espacio y el tiempo de la vida social de manera de iluminar los nexos materiales entre los procesos económicos políticos y los culturales” (Harvey, 2004: 225). Reconociendo la articulación de sentidos temporales diversos que coexisten en la sociedad, resalta la materialidad de las prácticas sociales como fundamento de la espacialidad. Poniendo en tela de juicio la idea de un sentido único y objetivo del espacio y del tiempo, plantea que las múltiples cualidades objetivas que el tiempo y el espacio pueden expresar son el resultado de las prácticas humanas que sirven para reproducir la vida social. Desde esta perspectiva, cada formación social particular encarna un conjunto de prácticas y conceptos del espacio y del tiempo. Los conflictos, sostiene Harvey, no surgen solamente de las distintas apreciaciones subjetivas del espacio y del tiempo sino de sus cualidades materiales objetivas que son consideradas decisivas para la vida social en situaciones diferentes. En términos generales la herencia cultural de Occidente privilegió el análisis de la temporalidad por sobre la espacialidad, ya que la misma en las formulaciones de Marx, Weber, Smith y Marshall era considerada una dimensión implícita,  algo contingente y no fundamental para la acción humana. La tematización del progreso como una categoría fundamental de la teoría social para comprender los procesos de modernización llevaba implícita la primacía de la temporalidad.
La teoría estética, a su vez, se ocupa fundamentalmente de la espacialización del tiempo.  Las formas de representación no pueden sino plasmarse en un plano del ser frente al devenir de los sucesos.  Toda forma estética demanda una espacialización, ya se trate de la escritura o de las imágenes en las que se plasma el devenir de las experiencias. Estas apreciaciones cobran relevancia en el marco de la perspectiva teórica y política de Harvey sobre la expansión y los límites de la acumulación capitalista. La política cultural aparece de esta manera inscripta en la necesidad de regulación derivada de la expansión económica del “nuevo imperialismo” y de la aceleración de los tiempos de rotación del capital que surge como consecuencia de los procesos de flexibilización productiva. En el nuevo imperialismo ya no persisten territorios que puedan ser incorporados a la acumulación capitalista global, por lo que el espacio y el tiempo experimentan una redefinición mediante su compresión articulada a los procesos comunicativo-tecnológicos y especulativos del capital financiero (particularmente en el sector inmobiliario) que se convierte en el eje de la acumulación. El acelerado devenir de la temporalidad dictado por la reducción de los tiempos muertos productivos encuentra en la estética –que tiende a “imaginar” el tiempo –un medio de regulación por medio del predominio icónico. La búsqueda de belleza inherente al arte significa también la persecución de una trascendencia temporal que encuentra en la arquitectura posmoderna su plasmación espacial. De todo ello resulta un carácter efímero y fragmentario de las experiencias que las concepciones posmodernas tienden a celebrar y asumir como propias. En relación al predomino de la espacialidad, Harvey sostenía que la combinación de cine y  música ofrecen un poderoso antídoto frente a la pasividad espacial del arte y la arquitectura, pero que la carencia de profundidad del cine limitado a una pantalla o escenario nos recuerda que él también se halla limitado a la espacialidad de una manera peculiar.
Puede agregarse que junto al cine (que ha experimentado transformaciones tecnológicas de importancia en la última década, como la incorporación de la tridimensionalidad) la música, si bien tiene como condición de posibilidad la extensión espacial para su trasmisión física, es un arte básicamente temporal fundado en la percepción y manejo de tensiones y expectativas (Rowell, 2005). Sus potenciales prefigurativos y críticos en algunas de sus manifestaciones ya fueron señalados por Adorno (Buck Morss, 2011; Jay, 1989; Fehér, 1989). Lo mismo puede decirse en relación a la capacidad prefigurativa de la escritura y su constitución  de la temporalidad subjetiva y social (Ricoeur, 2007; 2008). Es decir que el predominio icónico coexiste con manifestaciones estéticas que articulan la temporalidad con la textualidad y la sonoridad de manera compleja. Harvey sostenía que
“hay mucho que aprender de la teoría estética acerca de cómo las diferentes formas de espacialización inhiben o facilitan los procesos de transformación social. Recíprocamente hay mucho que aprender de la teoría social en cuanto al flujo y la transformación con los que debe enfrentarse la teoría estética. Es posible que al poner en relación estas dos formas de pensamiento, podamos entender mejor las formas en que el cambio económico-político plasma las prácticas culturales” (Harvey, 2004:  232).

Esta vinculación le permite analizar la estetización de la política. También le permite afirmar que la disolución de los conflictos de clase en conflictos geopolíticos no constituye un mero accidente, sino que tiene su raíz en procesos económico-políticos por medio de los cuales el capitalismo impulsa configuraciones geográficas de desarrollo desigual y combinado. Dichos procesos suponen la búsqueda de una serie de estabilizaciones espaciales ante el problema de la hiper acumulación.  Estos procesos de estabilización son acompañados  por la estetización de la política y es desde esta perspectiva que es posible combinar la teoría estética y la social sobre la naturaleza y el significado del espacio y el tiempo (Harvey: 235). Harvey (junto con Eagleton) enjuicia críticamente el posmodernismo al considerar que la estetización de la política es celebrada por dicha corriente teórica en su irracionalismo y que menosprecia la historia y la convierte en un simulacro que es resultado del relato de personajes carismáticos. En el caso de Hyden White su abordaje de la historia como “realismo figural” intenta fundamentarse desde un registro tanto lógico como tropológico, al mismo tiempo que rescata algunas consideraciones marxistas. Su  crítica del distanciamiento de la historia presente en Barthes (y en Brecht) lo ubican en una relación heterodoxa con el marxismo, al mismo tiempo que en un contexto histórico en el que las “distancias críticas” en relación a la cultura parecieran abolirse (White, 2010:73-94). Esta aproximación, si bien converge con la de Jameson, es más el resultado de una postura epistemológica “emic” que de un posicionamiento crítico del posmodernismo.
En la próxima sección se retoma  el análisis de Harvey sobre la significación social del espacio y del tiempo con el fin de extraer algunas consecuencias estéticas y políticas en el plano de la representación escénica.

1.4 La configuración espacio temporal de la vida social

En el nuevo contexto la modernización implica la desorganización constante de los ritmos espaciales y temporales. En particular, aunque no de marea excluyente, la división e indiferenciación actuales entre actividades hogareñas y laborales. La opacidad resultante del fetichismo actual en que se desenvuelve la vida cotidiana coloca como principal contradicción del capitalismo a la relación entre apariencia y realidad (Harvey, 2010). El modernismo  como respuesta cultural se plantea (como en otros períodos históricos previos) la reconstitución del sentido frente a la fragmentariedad y provisionalidad de las experiencias promovidas por la modernización actual. El sentido del espacio viene dado por la especificidad de las prácticas sociales a partir de las cuales se origina. Al mismo tiempo dicho espacio puede definir relaciones entre personas, actividades, cosas y conceptos. Las representaciones espaciales son producto y producción mientras que sus reorganizaciones indican un cambio de las relaciones sociales. “En el capitalismo”, sostiene Harvey, “a causa de su tendencia a la fragmentación y a lo efímero la dificultad consiste en encontrar en medio de los universales de la monetización, el mercado de valores y la circulación de capital, una mitología estable expresiva de sus valores y sentidos intrínsecos” (Harvey, 2004:241). Dichas mitologías quedan ilustradas por Harvey de manera patéticamente simbólica en los casos de la estética nazi o del mito maquínico como respuestas al cambio histórico y geográfico. Pero también en estetizaciones menos radicales como la evocación de la tradición, de la memoria colectiva, de la región y el lugar o de la identidad cultural.
Existe también, señala Harvey citando a la poética del espacio de Bachelard, un espacio de la imaginación que no se reduce a la extensión o al espacio afectivo de los psicólogos ya que de acuerdo con el pensador francés “creemos conocernos a nosotros mismos en el tiempo cuando en realidad lo único que conocemos es la secuencia de fijaciones a los espacios de la espacialidad del ser. Los recuerdos son inmóviles y cuanto más firmemente estén establecidos en el espacio más sólidos resultan” (Harvey, 2004: 241). Lo mismo que en Heidegger, el espacio contiene tiempo comprimido, siendo que el espacio principal de la memoria es la casa, ya que en ella hemos aprendido a soñar e imaginar. La protección hogareña es el lugar donde comienza la vida y en el que a través de los sueños las diversas moradas de la existencia se interpenetran y retienen los tesoros de los días pasados. De esta manera, el ser  sumergido en la memoria espacial inmemorial trasciende el devenir y encuentra todos esos recuerdos nostálgicos de un mundo infantil perdido. ¿Acaso es éste el fundamento de la memoria colectiva para todas aquéllas manifestaciones de nostalgias ligadas al lugar que impregnan nuestras imágenes del campo y la ciudad, de la región, del medio y la localidad, del vecindario y la comunidad? (Harvey, 2004: 243). Este interrogante podemos aplicarlo a las manifestaciones nostálgicas, que como las del teatro comunitario y el tango, se hallan presentes en las representaciones y performances estudiados. 

1.4.1 Identidad del yo y el “retorno de lo reprimido”

Anthony Giddens, por su parte, abordó las implicancias que tiene la profundización de la modernidad y la difusión de los sistemas expertos en la identidad del yo (Giddens, 1997). Estos análisis son de utilidad a los fines de comprender los procesos de reconstitución de la subjetividad que por medio de la participación en expresiones dramatúrgicas comunitarias se desarrollaron en el país  luego de la crisis social. Giddens considera las transformaciones que experimenta la identidad del yo ante el desarrollo de los sistemas abstractos modernos, y el riesgo e incertidumbre social que genera para la “seguridad ontológica” de las personas. La especialización de funciones y el desarrollo de los sistemas expertos, a pesar de que conforman ámbitos de certeza específicos, dejan sin embargo una importante franja de incertidumbre social sin resolver a los sujetos. Giddens tiene en cuenta en este contexto con sus consecuencias negativas también las posibilidades de transformaciones individuales y del desarrollo de una “política de la vida” como resultado de una profundización de los procesos modernizadores y de sus efectos sobre las instancias yoicas y de la intimidad:
En la modernidad reciente la influencia de acontecimientos distantes sobre sucesos próximos o sobre la intimidad del yo se ha convertido progresivamente en un lugar común. Los medios de comunicación impresos y electrónicos desempeñan obviamente un papel principal en este punto (Giddens, ibid: 13)

En este contexto, debido a la pluralidad de ámbitos de acción y a la diversidad de autoridades que interpelan a los sujetos, la elección de un estilo de vida y la planificación de la vida como resultado de la especialización se convierten en un rasgo central de la estructuración del yo: 
Las divisiones de clase, y otras áreas fundamentales de desigualdad, como las relacionadas con el género o la etnicidad pueden definirse en parte en función de la diferente posibilidad de acceder a las formas de realización del yo y capacitación…No debemos olvidar que la modernidad crea diferencia, exclusión y marginalización. Las instituciones modernas al tiempo que ofrecen posibilidades de emancipación, crean mecanismos de supresión más bien que de realización del yo. (ibid: 14)

Estas divisiones y diferencias aparecen en las expresiones artísticas analizadas como medios reflejos del yo, entre la intimidad y su presentación en sociedad, como manifestaciones públicas de la intimidad social. Vivir en el mundo actual significa para Giddens la necesidad por parte de los sujetos de solucionar un conjunto de dilemas con el fin de preservar una crónica coherente de la identidad del yo. En principio debe hacer frente a las tendencias unificadoras y fragmentadoras de la experiencia, a la presentación de su yo en múltiples circunstancias. Esto para Giddens no significa necesariamente (frente a las hipótesis postestructuralistas del descentramiento del sujeto) una desintegración del yo, sino que al menos en algunas circunstancias puede favorecer una integración del mismo. “Una persona puede aprovecharse de la diversidad de circunstancias para crear una identidad propia específica que incorpore de manera favorable elementos de diferentes ámbitos en una crónica integrada”  (ibid: 241-242). Pero los peligros que entraña este dilema son, en el caso de la unificación, la construcción de la personalidad en función de la identificación del sujeto con un conjunto de compromisos fijos conformando un tradicionalismo rígido, o bien en el otro extremo de la fragmentación la construcción de una identidad caracterizada por un conformismo autoritario a las diversas situaciones. En ambos casos la base de la seguridad ontológica de las personas es frágil ya que la seguridad en la identidad de su yo depende de que otros consideren sus comportamientos apropiados o razonables, es decir, de las  miradas ajenas (Ibid: 243).
Otro de los dilemas a los que se ven enfrentados los sujetos se relaciona con los sentimientos de impotencia frente a los de apropiación: el desarrollo de los sistemas abstractos que como partícipes fundamentales de un proceso de modernidad radicalizada despojan a  los sujetos del saber sobre el manejo de los mismos. También las crisis recurrentes tienen un efecto sobre la seguridad ontológica de las personas, ya que tienen como correlato el secuestro de la experiencia y del desarrollo de relaciones puras, internamente referenciadas, basadas en la seguridad, la confianza y la intimidad, que poseen una frágil base de sustentación en el tiempo. Frente al “despojamiento” de la personalidad que efectúan los sistemas abstractos (Giddens, 1997), pero también en relación a la pérdida de certidumbres y derechos sociales,  los sujetos intentan distintas formas de reapropiación de los vínculos sociales, de recursos materiales, de sentido y políticos. La reconstitución del yo social se desarrolla en todos esos planos. Muchas de esas formas de reapropiación individual, social, laboral, y también ritual, tuvieron lugar con el desarrollo de los movimientos sociales urbanos, y en particular de las expresiones artísticas que fueron objeto de análisis. Giddens sostiene que la transformación de la intimidad tiene su propia reflexividad y sus formas peculiares de orden referencial interno como un extremo de la interacción entre lo “local” y lo “global”. Los procesos de reapropiación y capacitación, tanto si se refieren a la vida personal como a un medio social más amplio, se entrelazan con los de despojamiento y pérdida. Puede considerase entonces que junto al desarrollo de la crisis social y a la difusión de los medios abstractos, los sujetos personales y sociales han desarrollado nuevas estrategias artísticas y cognitivas de reapropiación, que implican a su vez nuevas relaciones entre su intimidad y sus presentaciones en sociedad.
El tercer dilema opone la autoridad a la incertidumbre. La multitud actual de demandantes de autoridad coloca a la vida social y a los sujetos en un estado de incertidumbre que afecta al yo. Los saberes especializados no alcanzan a generar las certidumbres necesarias para su comportamiento ya que no hay autoridades que cubran los diversos campos del conocimiento experto, en tanto que las autoridades tradicionales han pasado a ser una más entre tantas. Este dilema, si bien es característico de la modernidad, puede generar tanto formas de resolución basadas en la sumisión servil de las personas ante la incapacidad de aceptar la existencia de autoridades en conflicto, como estados patológicos e inmovilizantes ante la duda (Giddens, 1997:249). Por último se presenta el dilema entre la experiencia personalizada y la experiencia mercantilizada, ya que de acuerdo con Giddens el establecimiento de modos de consumo estandarizados, fomentados por la publicidad y otros métodos es fundamental para el crecimiento económico e influye en todos estos sentidos en el proyecto del yo y en la internalización de estilos de vida. Más adelante se lee:
No sólo los estilos de vida, sino la realización del yo quedan empaquetados y distribuídos según criterios de mercado. Los libros de ayuda propia como Self Therapy se encuentran en una posición precaria frente a la producción mercantilizada de la realización del yo. Tales libros se apartan de alguna manera del consumo estandarizado y empaquetado. No obstante en la medida en que se venden como teoremas previamente elaborados para dar respuesta a la pregunta de cómo salir adelante en la vida  acaban cayendo en el mismo proceso al que nominalmente se oponen (Giddens  1997: 251).

Tanto los análisis de Eva Illouz sobre la introyección de las “emociones ficcionales”, que se verán en la próxima sección, como los de Giddens sobre la mercantilización del yo sugieren la necesidad de generar formas de apropiación singulares de los relatos autobiográficos que puedan desidentificarse de las interpelaciones de sujeto originadas en la publicidad. Giddens plantea que “debemos entender los procesos de individuación sobre ese complicado trasfondo. El proyecto reflejo del yo es por necesidad en cierto modo, una lucha contra las influencias mercantilizadoras aunque no todos los aspectos de la transformación en mercancía le sean hostiles” Giddens, 1997: 253). Uno de los aspectos negativos de la mercantilización del yo, sostiene Giddens, es el narcisismo, es decir el fomento de la apariencia en el ámbito del consumo y el desarrollo del yo en función de su exhibición. El trasfondo de todos estos dilemas, a los cuales se ve enfrentado el desarrollo del yo en la modernidad tardía o bien en el capitalismo tardío con su desarrollo de los sistemas abstractos, es la falta de sentido con el predominio de los sistemas internamente referenciales. Giddens plantea que cuanto más abierto y general  sea el proyecto reflejo del yo, en la medida en que se despoja progresivamente de fragmentos de la tradición, tanto más probable será un retorno de lo reprimido en las instituciones modernas.
Este retorno de la reprimido como respuesta al predominio de los sistemas internamente referenciales que aseguran (provisoriamente) la confianza básica de los sujetos se expresa en la aparición de nuevos rituales y en la reaparición de otros, de nuevos movimientos sociales, en la reconstitución de la tradición, en el resurgir de la fe y de las convicciones religiosas, en el desarrollo de nuevas formas de religión y espiritualidad y en el corazón mismo del comportamiento sexual, ya que si bien la pasión se ha privatizado “la sexualidad repudia y al mismo tiempo sustancia el compromiso de la vida humana con ciertas condiciones y experiencias moralmente trascendentes” (Giddens, 1997: 260).  Giddens plantea que en general puede rastrearse un regreso de lo reprimido en los esfuerzos por promover la excarcelación en los diferentes terrenos, desde el institucional hasta las instancias más profundas del yo y la intimidad. Sostiene además que se trata no sólo de la continuación del dinamismo sin fin de la modernidad, sino de cambios fundamentales que son el presagio de transformaciones estructurales más profundas

… la expansión de los sistemas internamente referenciales alcanza los límites extremos en el plano colectivo y en la vida de cada día, las cuestiones morales/existenciales pasan a ocupar una posición central. Al agruparse en torno a procesos de realización del yo, y a pesar de que se extienden hasta afectar a fenómenos globalizadores, tales cuestiones exigen una reestructuración de las instituciones sociales y plantean problemas de naturaleza no simplemente sociológica sino política (Giddens, 1997: 263)

Estas definiciones resultan útiles a los efectos de considerar las mutaciones expresivas de las manifestaciones dramatúrgicas y artísticas del contexto de crisis y posterior al mismo en las que se inscriben los relatos autobiográficos de una manera particular. El desarrollo del  teatro comunitario,  de las performances del tango y de otras expresiones artísticas que surgieron luego de la crisis social aparecen como formas  de reencantamiento secularizadas que permiten una reinscripción ritual de los sujetos como retorno de lo reprimido.

1.5 Las teorías de la performance y los procesos de identificación-desidentificación culturales en el marco del capitalismo tardío

Por medio de la utilización de tres nociones de las teorías del performance, de la antropología social y de la crítica cultural se intenta dar cuenta de las escenificaciones estudiadas (y de otras manifestaciones estéticas asociadas) como prácticas político-culturales. Las mismas son las de “restauración” desarrollada por Robert Schechner, las de “identificación-desidentificación” de Carmen Bernand y José Muñoz y la de “prefiguración” que tiene su origen en las obras de Theodor Adorno y de Paul Ricoeur. Tanto la dimensión restaurativa de las performances, asociada a sus memorias históricas, estéticas y culturales, como los procesos de identificación social, que remiten a un plano temporal sincrónico, o los prefigurativos coexisten en las manifestaciones estéticas y en diversos momentos históricos de su desarrollo, aunque, como veremos, dichas dimensiones cobraron y cobran mayor relevancia en cada uno de ellos. Acerca de la naturaleza del mundo simbólico y en relación a la interpretación freudiana, Ricoeur se preguntaba si el símbolo podía considerarse únicamente como vestigio y si no sería también aurora de sentido, como prefiguraciones. (Ricoeur, 2007). Richard Schechner (2011), en diálogo y complementación con la antropología de Víctor Turner, considera la posibilidad de desarrollar una semiótica de la performance que parta de una base inestable o de un fundamento de tensiones. En la práctica teatral plantea el proceso de deconstrucción-construcción bajo el concepto de “conducta restaurada”. Para Schechner se trata de restaurar mediante la performance secuencias de conductas que ofrecen a individuos y grupos “la posibilidad de volver a ser lo que alguna vez fueron o, incluso, con mayor frecuencia de volver a ser lo que nunca fueron pero desearon haber sido o llegar a ser” (Schechner, 2011: 39). Las secuencias de conductas restauradas por medio de la performance pueden ser almacenadas, transmitidas, manipuladas y transformadas. Los actores al entrar en contacto con ellas las recobran, recuerdan y pueden incluso inventarlas para volver a comportarse según los parámetros conocidos, ya siendo absorbidos por el papel o el trance, o tomando distancia del mismo como en el efecto brechtiano. En todos los casos las secuencias de conducta de la performance significan “nunca la primera vez” a partir de un contexto cuyas condiciones originales pudieron haberse modificado o desaparecido.
Las conductas originales son restauradas en otros contextos y en parte modificadas de acuerdo a sus fines. El objetivo de la performance influye de manera decisiva sobre aquello considerado como evento pasado y por lo tanto objeto de la restauración. La conducta restaurada no es una copia de la original sino que implica decisiones por parte de los performers. Esta perspectiva es convergente con los estudios de Diana Taylor, quien analiza las performances sobre varios registros de datos, ya se trate de documentos escritos o repertorios de conducta. Éstos últimos son considerados mecanismos sociales encarnados de transmisión de memoria e identidad social. Los traumas aparejados por la desaparición de personas en Argentina durante la última dictadura militar pudieron ser investigados de acuerdo con esta perspectiva. (Taylor y Fuentes, 2011). Es decir que las performances llevadas a cabo por las agrupaciones de familiares de desaparecidos (Abuelas, Madres e Hijos por medio de rondas, exhibición de fotografías, escraches a represores, instalaciones de reconocimiento de la identidad de hijos apropiados, etc.) se sustentan en un registro que parte tanto de datos científicos (análisis de ADN, documentos) como de repertorios de conducta que apelan a la memoria corporal y simbólica como medios de identificación, reconocimiento y cambio social. Para Taylor la transmisión social efectiva de este simbolismo requiere de una relación aquí y ahora con el contexto social circundante, que fue a su vez  co-partícipe de la circunstancia histórica traumática (Taylor, 2011). De esta manera el sufrimiento social puede ser reelaborado socialmente mediante performances basadas tanto en documentación científica como en repertorios de conducta no escritos (testimoniales, sonoros, icónicos, corporales, etc). Según Schechner, las conductas restauradas se pueden usar como máscaras o vestimentas, pudiéndose modificar la partitura de la perfomance como en los casos de directores de teatro, obispos y actores. La actuación en dramas, danzas y rituales junto con las acciones sociales y las performances culturales se retroalimentan con las acciones de los individuos cuando son representados, como modelos de acción para la vida cotidiana. A su vez la manera de actuar en la vida cotidiana afecta a las representaciones (Schechner, 2011: 38). En este sentido Schechner distingue entre lo que es performance y lo que puede estudiarse como performance. Esta última definición -relevante para nuestro propósito- considera que algo es performance cuando
 en
 una
 cultura
 particular la
 convención, la
 costumbre
 y
 la
 tradición
 dicen
 que
 lo
 es. Por ejemplo aquéllos espectáculos que en la cultura occidental se basan en textos, dramas, guiones, o bien en dramas ceremoniales o rituales tradicionales orientales. A su vez puede ser estudiada como performance toda actividad que implique una repetición y restauración de conductas. Desde esta perspectiva las performances deben entenderse en términos interdisciplinarios, interculturales y globales, como actividades de restauración y creación en las que las apariencias son realidades y las realidades son también lo que se halla por detrás de las apariencias. También pueden considerarse como performances registros representacionales como films y documentales que tienen efectos y son afectados en la vida cotidiana. En este sentido, la construcción del presente, de una imagen del sí mismo y de los otros, supone tanto un procedimiento arqueológico como teleológico, éste último ya no basado exclusivamente en la sospecha del desocultamiento sino en las potencialidades de las manifestaciones simbólicas (Ricoeur, 2007).
Es decir que las aproximaciones performáticas pueden combinar tanto la crítica –actualmente relativizada en sus alcances por la casi completa sumisión de las esferas culturales y espaciales en la globalización (y por lo tanto también de las posibilidades de distanciamiento en relación al objeto criticado)– como la identificación con los grupos y personas víctimas de segregación o discriminación  de clase, etnia, género o bien con quienes participan de un problema social común. Refiriéndose a las “emociones ficcionales” activadas por la cultura mediática, Eva Illouz sostiene que la imaginación genera emociones por medio de relatos elaborados culturalmente que ponen en marcha mecanismos de identificación con los personajes, sus intensiones y las tramas en las que se hallan. Como partícipes de la cultura mediática e inmersas en ella, las imágenes visuales inscriben determinadas escenas narrativas en parte de nuestra socialización emocional que es de naturaleza ficcional. Desarrollamos y anticipamos nuestros sentimientos mediante escenas culturales reiteradas, anticipando cuáles son las normas mediante las que se expresan las emociones, qué importancia revisten éstas para nuestro relato de vida y cuáles son los vocablos y las figuras retóricas que expresan dichas emociones. Las “emociones ficcionales” surgen entonces mediante mecanismos de identificación con los personajes y la línea argumental, activados por ciertos esquemas o moldes mentales para evaluar situaciones nuevas, recordar los sucesos de nuestra vida y anticiparlos (Illouz, 2013). José Esteban Muñoz propone que las performances (o actuaciones) se basen en procesos de desidentificaciones sociales, que se diferencian tanto de las identificaciones predominantes y mayoritarias como de sus contra identificaciones. Mediante la crítica de la noción tradicional de identidad sugiere performances que emerjan entre las identidades que poseen mayores grados de estabilidad y las construcciones sociales.
Tomando como referencia inicial la definición de identificación de Laplanche y Pontalis como “un proceso psicológico mediante el cual el sujeto asimila un aspecto, propiedad o atributos del otro y se transforma por completo o en parte según el modelo que proporciona el otro”, Muñoz propuso a partir de Pécheaux aplicar las nociones de contraidentificación y desidentificación. (Muñoz 2011: 563). Es por medio de una serie de identificaciones como se constituye y especifica la personalidad. Para Muñoz el sujeto que se desindentifica es incapaz de identificarse por completo con el modelo cultural predominante ya que recurre –de  acuerdo con las nociones de Eve K. Sedgwick– a una visión no lineal de las identificaciones por las que “identificarse con un objeto, persona, estilo de vida, historia, ideología política, orientación religiosa, etc significa también al mismo tiempo y en parte, una identificación opuesta así como una identificación parcial con distintos aspectos del mundo social y psíquico” (Muñoz, 2011:564). Aquello que detiene la identificación son siempre restricciones ideológicas implícitas en un sitio identificatorio. En este sentido, los sujetos que se hallan por fuera de la esfera pública predominante y que poseen varios componentes de identidad minoritaria encuentran dificultades para representar identificaciones. Los prejuicios y el control hacen que las “identidades con diferencias” sean difíciles de habitar (Muñoz, 2011: 562-563).

1.6 Territorios e identificación

Los territorios exhiben algunas características que posibilitan distinguirlos. Tienen un umbral, cuya transposición habilita a los sujetos el auto-reconocimiento y la creación de un sentido de pertenencia; un límite, que permite diferenciarlos del entorno; un entorno, con el cual se establece una economía de intercambios y una superficie, sobre la cual suceden los desplazamientos, prácticas y vínculos generados por sus habitantes. La producción de territorios exige, además, un conjunto de operaciones simbólicas integrado por las evocaciones, la imaginación y el poder de representación de los sujetos, las vivencias y experiencias cotidianas de los habitantes territoriales. Asimismo, los imaginarios conforman la arena de la lucha por los significados acerca de la ciudad que quieren y aspiran sus actores (Gravano, 2006).
El despliegue de prácticas y representaciones sobre el territorio permite la constitución de identidades personales y colectivas (Brubaker y Cooper, 2001) entendiendo a la identidad como la acción de identificar, práctica que es intrínseca a la vida social. La acción de identificar no habla de un único actor, sino de la interacción entre diferentes actores en puja por la construcción social del sentido. De esta manera, se pueden interpretar los procesos de interacción simbólica como frentes de lucha entre diferentes grupos y clases de una sociedad por la construcción del sentido y la legitimidad del mismo. En esta investigación se utiliza el término “identificación” aplicado a la dimensión biográfica social considerando el complejo proceso de interacciones a través del cual una persona crea un relato de sí mismo, para sí mismo y para los otros, en los distintos momentos de su vida. Las auto caracterizaciones, las ubicaciones del “sí mismo” y las de los otros, ya sea dentro de una categoría o de una narrativa, son siempre situacionales y contextuales.  La discusión es amplia y compleja, pero junto a las definiciones psicológicas esbozadas anteriormente desde un abordaje socio territorial y cultural la identificación puede seguir el modo relacional o categorial. El primero supone que el agente se identifica por su inserción en una red de relaciones (familiares, clientelares, amistosas) mientras que en el segundo la identificación se produce al constatarse la posesión de un atributo que define una clase (raza, género, etnia). Ambos modos resultan particularmente pertinentes para preguntarse acerca de las formas de identificación y subjetividad que se producen en el territorio, en particular en los espacios y expresiones culturales que serán analizados en los estudios de caso.


1.7 Público y privado: Los espacios comunes en sociedades fragmentadas.

Partir de considerar el Área Metropolitana de Buenos Aires como “territorialidad fragmentada” y como resultado de la desestructuración de las relaciones clasistas en la ciudad nos conduce a otro punto importante de la red conceptual, con el fin de comprender la articulación simbólica del posmodernismo en el capitalismo periférico: el de la nueva articulación público-privado que emergió en los años de la reforma, tras el proceso de privatización de los servicios públicos y de des-inversión y deterioro de los servicios públicos universales. La ciudad engloba diferentes formas de producción y organización del espacio urbano y, por ende, diversas modalidades de definir la relación entre el espacio público y el espacio privado. En la medida en que el espacio público contribuye a la auto visibilidad de la ciudad, como imagen de la totalidad, es un lugar fuertemente político, un campo de poder. Si concebimos el espacio común como lugar de encuentro entre actores sociales, podemos reconocer la existencia de diversas representaciones del espacio, en algunos casos, en conflicto. Lucio Kowarick se ha referido a la noción de expoliación para explicar el desgaste y dilapidación de la fuerza de trabajo en algunas ciudades latinoamericanas. (Kowarick, 1996)
Siguiendo a este autor, gran parte del aumento de la productividad experimentado durante algunas etapas históricas puede ser imputado al aumento del desempleo y la subocupación. La disponibilidad de una amplia masa laboral permite al capital su explotación intensiva y extensiva. Esta realidad económica y social impide alcanzar en muchos casos los niveles mínimos necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo, determinando su desgaste prematuro y altos niveles de rotación laboral que pueden ser sostenidos debido a la existencia de una población superflua desde el punto de vista de su inserción laboral. Podemos comprender a la expoliación teniendo en cuenta la especificidad de la fuerza de trabajo como mercancía, en su articulación demográfica y económica. El desgaste de la misma ocurre tanto en el proceso laboral como fuera del mismo. Al aumento de las jornadas de trabajo y la búsqueda de empleos suplementarios, se agrega el deterioro de los servicios públicos o su encarecimiento relativo, en particular de los transportes, y las dificultades que encuentra la población para el acceso a la vivienda, determinando la realización de un trabajo adicional no retribuido.
La expoliación era definida por Kowarick como conjunto de condiciones urbanas y ambientales que articulan el desgaste y la sub-utilización de la fuerza de trabajo en función de la acumulación privada de capital (Kowarick, 1996).  El desgaste de la fuerza de trabajo es también el resultado del empeoramiento de las condiciones del medio ambiente urbano y de la existencia de regímenes institucionales precarios, arraigados en la exportación de materias primas y el expolio de la naturaleza y el medio ambiente (Altvater, 1997). Las formas que adquirió el proceso de urbanización en Argentina durante la vigencia del modelo sustitutivo de importaciones hasta la década de 1970 tuvo como pilar fundamental el apoyo brindado por el estado al desarrollo del transporte y la vivienda. (Calello y Suárez, 2012).  El subsidio al precio de las tarifas de transporte facilitaba el desplazamiento masivo de los trabajadores hacia sus lugares de trabajo y vivienda en un proceso de urbanización que complementaba las facilidades para adquirir, y en mayor medida construir, las viviendas en zonas cada vez más alejadas de la ciudad capital. El auge de los loteos populares permitía a los sectores populares obtener terrenos a bajos precios y sometidos a una fuerte especulación inmobiliaria que privilegiaba la discontinuidad del trazado urbano de acuerdo a requisitos previos de valorización del terreno. Al tiempo insumido por los desplazamientos se agregaba, debido a un régimen de bajos salarios que no incorporaba a la vivienda y otros servicios urbanos de alta demanda social, la necesidad de la autoconstrucción, y en menor medida, la compra de viviendas prefabricadas. Esta expoliación del trabajo era atenuada por la intervención estatal, garantizando requisitos mínimos para su reproducción y por la existencia de una menor disponibilidad laboral en los mercados de trabajo. La crisis del modelo industrializador endógeno y de sus instituciones acentuó desde mediados de la década del setenta este proceso confinando a vastos sectores de la población fuera de los mercados laborales y de los servicios urbanos básicos. El declive de los transportes públicos de pasajeros, ya sea en cuanto a inversiones en equipamientos y accesos viales como así también las alzas de tarifas y su posterior privatización, dieron lugar a la preeminencia del transporte individual y a la diferenciación del público en precios y calidad del servicio, acompañando un diseño urbano que privilegia vías de acceso rápido y directo entre los centros financieros y los lugares habitados por la población de mayores ingresos.
Ello se expresaba en una cada vez mayor segregación territorial y social, dificultando la accesibilidad espacial y económica a las viviendas y determinando la emergencia de estrategias de sobrevivencia asociadas a otras formas de apropiación del suelo urbano. El despliegue desde la crisis del modelo industrializador endógeno de las condiciones favorables a la expoliación de la fuerza de trabajo incidió fuertemente en las estrategias que adoptaron las unidades domésticas en relación a la utilización de sus recursos y a la expansión de su capital social que incluye además entre sus dimensiones a la salud, la educación y los marcos interpretativos y de sentido de la población. En este sentido grupos sociales como los cartoneros pudieron ser considerados como una manifestación límite de los procesos de expoliación urbana sobre la fuerza de trabajo, que expresaban una condición social de vulnerabilidad más extendida y profunda, condición llamada de “despojamiento”,  que incluía las dificultades de recomponer auto-representaciones colectivas (Calello, 2007)
Los movimientos sociales urbanos que irrumpieron desde mediados de la década de 1990 y que se visibilizan con la crisis del año 2001 fueron vectores de las demandas sociales, políticas y culturales tanto en relación a la fragmentación social y urbana, resultado de la aplicación de las políticas neoliberales, como de la crisis de sentido e identidad a la que condujo. Paralelamente al desarrollo de estos movimientos sociales urbanos y en relación a ellos se produjo una intensificación de las expresiones artísticas, como respuestas personales y colectivas a los efectos de la expoliación y a la necesidad de reconstitución material y simbólica, de un “gobierno de sí y de los otros” (Foucault, 2009)


1.8 El teatro argentino y su crisis

El teatro argentino, como antecedente de los grupos teatrales y performáticos analizados, experimentó diversas etapas en su desarrollo hasta el período de crisis social y política (2001-2003). Hasta la crisis de 2001 el campo teatral argentino reconocía etapas en el desarrollo del realismo cuyo referente era social (Pellettieri, 2004). Hasta la década del 40 los sainetes y grotescos fueron las formas dramáticas dominantes de abordar (de acuerdo a sus propios procedimientos estéticos) los conflictos sociales, nacionales y generacionales de la sociedad argentina. A partir de entonces el teatro argentino atravesó distintas etapas y crisis con la primacía de un realismo prescriptivo, cuya obra modélica en la década del 40  es ilustrada con  El Puente de Carlos Gorostiza. La obra mostraba las tensiones durante el peronismo entre los nuevos actores sociales y lo instituido, junto a la declinación de la clase media. El realismo psicológico-reflexivo que adviene luego del derrocamiento del Illia y la dictadura de Onganía en 1966 buscaba también comprender y aclarar los elementos en conflictos y tenía como eje temático la integración negada del peronismo a la vida política e institucional del país. Esa tendencia estaba representada por obras como El avión negro de los dramaturgos Carlos Somigliana, Roberto Cossa, Ricardo Talesnik y Germán Rozenmacher y El padre de Alberto Adellach. en las que se hallaban presentes como recursos teatrales la alegoría, la intertextualidad didáctica brechtiana, el expresionismo y el Café Concert. Estas obras practicaban un revisionismo histórico utilizando la parodia como recurso deformante, pero cuyo referente era la realidad nacional (Pelletieri, 2004). Se trata de obras cuyas reglas simbólicas se organizaban en torno a la verosimilitud de los hechos representados pero que en última instancia remitían y hallaban sus límites en la realidad de los hechos histórico sociales referenciados, a pesar de la intensión de alejarse de los criterios veritativos y prescriptivos del realismo de las primeras etapas. Estos autores ordenaban la realidad de acuerdo a lo que desde una perspectiva de izquierda se consideraban sus límites y para instar al público a tomar conciencia de la situación. Teatro Abierto de 1983, que apelaba a la complicidad del espectador, fue la experiencia dramatúrgica más acabada de esta intencionalidad política que se expresaba como denuncia metafórica de la dictadura militar. Esta experiencia dentro de las convenciones del teatro realista llevó a cabo el cometido didáctico de mostrar la situación de crisis en la que se hallaba el país (Pellettieri, 2004)
A fines de los años ochenta, sin embargo, el teatro no había podido significar como en el pasado la tradición democrática y su crisis. El teatro realista se mostraba entonces incapaz de significar los problemas sociales y políticos que halló la transición democrática argentina. Aparece entonces un teatro de la parodia y el cuestionamiento (Pellettieri, 1994) autodenominado “teatro de la risa”, cuyos exponentes principales fueron “Los macocos”, “Los Melli”, Urdapilleta, Tortonese, “Gambas al Ajillo”, Batato Barea, entre otros, que parodiaba al teatro realista “serio”, cuestionando el mensajismo del teatro testimonial. En la década del 90 a su vez tuvo lugar la aparición y desarrollo de un teatro “posmoderno”, realizado por autores y directores que dirigían a sus propios actores y que conformaron un microsistema teatral. Javier Daulte, Daniel Veronese, Ricardo Barthis, entre otros “desintegran” los procedimientos teatrales realistas y elaboran nuevas formas de representación. Todos ellos tienen en común el trabajo con la deconstrucción de fragmentos, del contenido de los grandes teatros y sus ideas de “totalidad” y “verdad”, y la creencia de que el teatro activa el cambio social renunciando a la función política que le concedía el teatro moderno. En este subsistema y concepción teatral la búsqueda de la autonomía implícitamente cuestiona el canon representacional moderno, des-familiarizando al espectador, no mediante la crítica racional o el distanciamiento, sino mediante la inmersión del cuerpo y del inconsciente situándolo fuera de la “cotidianeidad” (Pellettieri, 2004)  En esta corriente el teatro realista y moderno era interpretado como una representación estética dominante que había perdid su capacidad crítica. Como se ha señalado en el capitulo precedente, esta problemática atañe a las dificultades que encuentran las concepciones críticas teatrales basadas en el distanciamiento en un contexto de capitalismo tardío caracterizado por una cultura posmoderna englobadora.
La crisis del año 2001 supuso una reconfiguración del campo teatral. En este nuevo contexto se revierte la crisis de lo público irrumpiendo de improviso lo histórico, lo social y lo político. Esta irrupción tuvo lugar frente a una cosmovisión neoliberal (que los autores citados vinculan a la lógica cultural posmoderna) que realzaba la vida privada, decreciendo las preocupaciones políticas del arte y aumentando la importancia del gusto por el consumo y por los medios de comunicación. (Pelletieri, 2004).



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